Lo último que la ciencia ha develado sobre obesidad

El azúcar y los carbohidratos en la dieta pueden ser más perjudiciales que el sedentarismo. Además, estudios demuestran cómo el cerebro y hasta la forma en que guardamos la comida en el hogar pueden influenciar nuestros hábitos alimentarios.

En los últimos treinta años, las cifras de obesidad se han duplicado en todo el mundo. Para la Organización Mundial de la Salud (OMS)  se trata de una epidemia que afecta a más de 600 millones de personas. Además de ser un factor de riesgo para el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, diabetes y algunos tipos de cáncer, la obesidad provoca un gran sufrimiento emocional y trastornos en la autoestima de quienes la padecen.

El programa Kilos mortales aborda esta problemática y relata historias de personas que buscan superar su obesidad y adoptar nuevos hábitos saludables que mejoren su calidad de vida.

La ciencia desempeña un papel fundamental a la hora de esclarecer las causas que se encuentran detrás de las cifras de sobrepeso y obesidad. Si bien la alimentación y la actividad física son las principales variables que explican estos trastornos, también se estudian otros factores que pueden incidir en ellos, como la genética, algunos problemas hormonales, los hábitos de sueño y ciertas alteraciones en el cerebro.

Azúcar y carbohidratos, peores que el sedentarismo

El sedentarismo suele señalarse como principal responsable del sobrepeso. Sin embargo, una publicación  en el British Journal of Sports Medicine busca romper el mito y sugiere que tener malos hábitos alimenticios puede ser aún más perjudicial para la salud que la falta de ejercicio físico.

“Una alimentación con exceso de calorías y carbohidratos genera más enfermedades que el sedentarismo, el alcohol y el tabaquismo combinados”, indican los autores. Esto no significa que haya que suprimir el ejercicio ni minimizar sus beneficios para la salud, sino empezar a revisar nuestra dieta y no dejarnos seducir por los mensajes confusos de la publicidad.

El marketing de la industria alimenticia ha logrado que muchos alimentos que tienen consecuencias negativas para la salud, como las bebidas azucaradas y la comida chatarra, se perciban como “saludables” siempre y cuando sean acompañados de ejercicio.

Al mismo tiempo, se ha instalado la idea de que contar la cantidad de calorías que se consumen a diario nos ayudará a mantener un peso equilibrado. En realidad, explican los autores, lo importante no es la cantidad de calorías sino de dónde provienen y qué nutrientes nos aportan.

El cerebro y la obesidad

Nuestro cerebro se encarga de transmitir señales que estimulan la sensación de hambre y saciedad. Descifrar cómo funciona este mecanismo es esencial para comprender qué es lo que hace que nuestro apetito se active (y por qué algunas personas no pueden evitar comer en exceso).

Según un estudio  realizado en las universidades de Aalto y Turku en Finlandia, la obesidad podría estar relacionada con una alteración en el sistema de neurotransmisión opioide del cerebro, un área involucrada en la generación de sensaciones placenteras.

Durante la investigación, se observó que (a diferencia de las personas con un peso normal) las personas obesas poseían una escasez significativa de estos receptores, lo que podría predisponerlas a comer más de la cuenta y en forma descontrolada, al no percibir la sensación de saciedad.

Alimentos visibles pueden favorecer la obesidad

Un estudio  de la Universidad de Ohio analizó los vínculos entre la disposición de alimentos en el hogar, el nivel de autoestima y la obesidad. Los resultados mostraron que en las casas de las personas con trastornos de obesidad, la comida estaba distribuida de manera visible en varias habitaciones además de la cocina.

Por lo general, se trataba de alimentos poco saludables, como dulces. Estos casos coincidían con individuos que presentaban un bajo nivel de autoestima en relación a su cuerpo y, en algunas ocasiones, síntomas de depresión.

Muchos de ellos manifestaron una relación con los alimentos ligada a situaciones de angustia, aun cuando no sintieran hambre, y también una mayor predisposición a consumir comidas rápidas.

“Tenemos que pensar en el hogar como un sitio importante desde donde empezar a ayudar a las personas a generar hábitos y comportamientos saludables”, explicó el profesor de psicología Charles Emery, responsable de la investigación.

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